viernes, 21 de marzo de 2014

AZOTITOS EN EL CULO: EL ARTE DEL SPANKING

El spanking no es una perversión sexual, sino la forma más refinada de expresar esa devoción por el culo que ha caracterizado a la civilización occidental. Sería absurdo negar el papel que ha desempeñado el culo en nuestra historia, inspirado a policías y maestros. Los maestros no habrían conseguido enseñar nada a sus pupilos sin una buena regla para azotar las nalgas de los más perezosos. Es cierto que algunos abusaron de este recurso, pero la gramática y el álgebra, el latín y la filosofía, la historia y la prehistoria, no habrían penetrado en las mentes infantiles sin unos inocentes azotes en las posaderas. Es mejor dormir boca abajo o no poder sentarse que ser incapaz de resolver una raíz cuadrada o identificar un objeto directo.


El spanking es una poderosa herramienta pedagógica que adquiere otra dimensión en la vida adulta. Algunos países azotan a los que infringen las leyes. No es un acto de barbarie, sino una forma de preservar el espíritu de la escuela. Los adultos a veces son como niños y conviene aplicarles severos castigos. El culo se inventó para ser flagelado. De no ser así, no se curvaría de un modo tan prominente, introduciendo una llamativa discontinuidad entre la espalda y las piernas. La naturaleza es sabia y nunca actúa por capricho. Nunca están de más unos azotes que nos hagan recordar nuestra insignificancia.
 Si te arde el trasero, pensarás dos veces las cosas y no abrirás la boca para protestar.


El spanking no es una parafilia, sino una delicada manera de manifestar tu amor hacia tu compañero de lecho. Unos azotitos son tan delicados como los pétalos de una rosa. Hacen daño, pero las rosas también esconden espinas. Las espinas son penes diminutos que se hunden en tu carne para escenificar la pérdida de una ilusoria virginidad. Cada vez que desgarran tu piel, aparecen unas gotitas de sangre que simulan una inocente desfloración. Si amamos las rosas, ¿por qué hemos de vituperar unas disciplinas o un látigo de piel de rinoceronte?
 Los látigos de siete colas son un clásico de la literatura infantil y juvenil. Muchos matrimonios han recuperado el ardor de sus primeros polvos con el arma preferida de Indiana Jones.


El spanking es un juego nostálgico. El Zorro se cubría el rostro con una máscara y hacía chasquear su látigo para advertir que no descansaría hasta reparar cada injusticia. ¡Qué triste fantasía! Las injusticias suelen cortejar a la impunidad y a veces fornican con ella cerca de un parque infantil. Los niños no notan nada, pues la injusticia y la impunidad son abstracciones incorpóreas, pero sí notan el hedor a podredumbre que desprende el mundo de los adultos. Los niños pierden el olfato con la edad. Se acostumbran a vivir entre engaños, intimidaciones y mentiras y ya no experimentan asco cuando se pasea delante de sus narices una sotana, una maestra o un agente de la Guardia Civil. Los niños comprenden en seguida que El Zorro no existe y que Indiana Jones ya es demasiado mayor para rescatar princesas o salvar a las ballenas.

  
El spanking es un acto de rebelión cuando acontece entre cuerdas, máscaras y mordazas. El spanking es un escalofrío que te hace desear ser niño otra vez. No añoras los azotes de la escuela ni de unos padres demasiado estrictos, sino la pasión por jugar en un cuarto a oscuras, donde no hay otra regla que morirse de risa entre gritos y carreras, sin pensar en lo que está mal y lo que está bien.


El spanking es un juego apto para ambos sexos, pero resulta más hermoso entre mujeres. Las mujeres se ríen de los tabúes. Las mujeres se ponen zapatos rojos de tacón a juego con sus pezones. Las mujeres enfundan sus brazos en guantes infinitos que se abren paso por la flora intestinal. Las mujeres se cosen a la piel largos vestidos de noche que dejan sus nalgas al descubierto, ofreciendo su ano a los poetas desconsolados.


Las mujeres no son princesas, sino amas despiadadas que nos hacen gozan y temblar, morir y renacer, pero el amor de verdad, ese amor que mezcla el juego, la risa y la despreocupación, sin hablar de entrega ni lealtad, lo reservan para otras mujeres, que no esperan nada, salvo un gemido, un caricia o el roce de un látigo con puntas de acero.


El amor es un juego muy serio. Por eso, sólo lo entienden las mujeres. Los hombres se limitan a hacer el ridículo, recibiendo unos azotitos en el culo, felices de reencontrarse con una infancia que ya creían perdida.



Si algún joven lee esto por casualidad, por favor que no lo enseñe a sus maestros. Los maestros no saben ni comprenden nada. No tienen espíritu ni imaginación. Son necios y petulantes. Son asnos que ramonean por un prado, pensando que la filosofía es un manual de instrucciones para vivir. 
La filosofía no sirve para vivir. La filosofía enseña a morir, pero no a morir de cualquier manera. El verdadero filósofo es un guerrillero emboscado, un matarife que utiliza aforismos para rebanar cuellos de novicias y banqueros.


De la filosofía sólo se salva una frase, que brotó del genio de Cioran, un rumano que nunca transigió con elogios ni laureles: “Estamos en el mundo para no hacer nada. Ni siquiera merece la pena quitarse la vida, pues uno se mata siempre demasiado tarde”. Si alguien te suelta una monserga sobre el trabajo, la responsabilidad y la necesidad de convivir en paz, respóndele que la verdad es una puta taimada y mendaz. Si pone cara de perplejidad, escúpele a la cara otra frase de Cioran: “A veces uno quisiera ser caníbal, no tanto por el placer de devorar a fulano o mengano como por el de vomitarlo”.


El spanking no es malo. La maldad consiste en buscar acólitos para levantar patíbulos y ahorcar a los poetas que se ríen del puritanismo. Sólo hay un grado más elevado de infamia. Mirar hacia otro lado, olvidando a los que una vez se conmovieron con tus lágrimas. Ni siquiera merecen tu desprecio. Sólo merecen unos azotitos en el culo. No te preocupes. La vida ya se los propinará y tal vez les gustará.

Fuente:   http://rafaelnarbona.es/?p=625#more-625

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