AZOTITOS EN EL CULO: EL ARTE DEL SPANKING
El spanking no es una perversión sexual, sino la forma más refinada de
expresar esa devoción por el culo que ha caracterizado a la civilización
occidental. Sería
absurdo negar el papel que ha desempeñado el culo en nuestra historia,
inspirado a policías y maestros. Los maestros no habrían conseguido
enseñar nada a sus pupilos sin una buena regla para azotar las nalgas de
los más perezosos. Es cierto que algunos abusaron de este recurso, pero
la gramática y el álgebra, el latín y la filosofía, la historia y la
prehistoria, no habrían penetrado en las mentes infantiles sin unos
inocentes azotes en las posaderas. Es mejor dormir boca abajo o no poder
sentarse que ser incapaz de resolver una raíz cuadrada o identificar un
objeto directo.

El spanking es una poderosa herramienta pedagógica que adquiere otra
dimensión en la vida adulta. Algunos países azotan a los que infringen
las leyes. No es un acto de barbarie, sino una forma de preservar el
espíritu de la escuela. Los adultos a veces son como niños y conviene
aplicarles severos castigos. El culo se inventó para ser flagelado. De
no ser así, no se curvaría de un modo tan prominente, introduciendo una
llamativa discontinuidad entre la espalda y las piernas. La naturaleza
es sabia y nunca actúa por capricho. Nunca están de más unos azotes que
nos hagan recordar nuestra insignificancia.
Si te arde el trasero, pensarás dos veces las cosas y no abrirás la boca para protestar.
El spanking no es una parafilia, sino una delicada manera de manifestar
tu amor hacia tu compañero de lecho. Unos azotitos son tan delicados
como los pétalos de una rosa. Hacen daño, pero las rosas también
esconden espinas. Las espinas son penes diminutos que se hunden en tu
carne para escenificar la pérdida de una ilusoria virginidad. Cada vez
que desgarran tu piel, aparecen unas gotitas de sangre que simulan una
inocente desfloración. Si amamos las rosas, ¿por qué hemos de vituperar
unas disciplinas o un látigo de piel de rinoceronte?
Los látigos de siete colas son un clásico de la literatura infantil y
juvenil. Muchos matrimonios han recuperado el ardor de sus primeros
polvos con el arma preferida de Indiana Jones.

El spanking es un juego nostálgico. El Zorro se cubría el rostro con una
máscara y hacía chasquear su látigo para advertir que no descansaría
hasta reparar cada injusticia. ¡Qué triste fantasía! Las injusticias
suelen cortejar a la impunidad y a veces fornican con ella cerca de un
parque infantil. Los niños no notan nada, pues la injusticia y la
impunidad son abstracciones incorpóreas, pero sí notan el hedor a
podredumbre que desprende el mundo de los adultos. Los niños pierden el
olfato con la edad. Se acostumbran a vivir entre engaños, intimidaciones
y mentiras y ya no experimentan asco cuando se pasea delante de sus
narices una sotana, una maestra o un agente de la Guardia Civil. Los
niños comprenden en seguida que El Zorro no existe y que Indiana Jones
ya es demasiado mayor para rescatar princesas o salvar a las ballenas.


El spanking es un acto de rebelión cuando acontece entre cuerdas,
máscaras y mordazas. El spanking es un escalofrío que te hace desear ser
niño otra vez. No añoras los azotes de la escuela ni de unos padres
demasiado estrictos, sino la pasión por jugar en un cuarto a oscuras,
donde no hay otra regla que morirse de risa entre gritos y carreras, sin
pensar en lo que está mal y lo que está bien.
El spanking es un juego apto para ambos sexos, pero resulta más hermoso
entre mujeres. Las mujeres se ríen de los tabúes. Las mujeres se ponen
zapatos rojos de tacón a juego con sus pezones. Las mujeres enfundan sus
brazos en guantes infinitos que se abren paso por la flora intestinal.
Las mujeres se cosen a la piel largos vestidos de noche que dejan sus
nalgas al descubierto, ofreciendo su ano a los poetas desconsolados.
Las mujeres no son princesas, sino amas despiadadas que nos hacen gozan y
temblar, morir y renacer, pero el amor de verdad, ese amor que mezcla
el juego, la risa y la despreocupación, sin hablar de entrega ni
lealtad, lo reservan para otras mujeres, que no esperan nada, salvo un
gemido, un caricia o el roce de un látigo con puntas de acero.
El amor es un juego muy serio. Por eso, sólo lo entienden las mujeres.
Los hombres se limitan a hacer el ridículo, recibiendo unos azotitos en
el culo, felices de reencontrarse con una infancia que ya creían
perdida.
Si algún joven lee esto por casualidad, por favor que no lo enseñe a sus
maestros. Los maestros no saben ni comprenden nada. No tienen espíritu
ni imaginación. Son necios y petulantes. Son asnos que ramonean por un
prado, pensando que la filosofía es un manual de instrucciones para
vivir.
La filosofía no sirve para vivir. La filosofía enseña a morir, pero no a
morir de cualquier manera. El verdadero filósofo es un guerrillero
emboscado, un matarife que utiliza aforismos para rebanar cuellos de
novicias y banqueros.
De la filosofía sólo se salva una frase, que brotó del genio de Cioran,
un rumano que nunca transigió con elogios ni laureles: “Estamos en el
mundo para no hacer nada. Ni siquiera merece la pena quitarse la vida,
pues uno se mata siempre demasiado tarde”. Si alguien te suelta una
monserga sobre el trabajo, la responsabilidad y la necesidad de convivir
en paz, respóndele que la verdad es una puta taimada y mendaz. Si pone cara de perplejidad, escúpele a la cara otra frase de Cioran: “A
veces uno quisiera ser caníbal, no tanto por el placer de devorar a
fulano o mengano como por el de vomitarlo”.
El spanking no es malo. La maldad consiste en buscar acólitos para
levantar patíbulos y ahorcar a los poetas que se ríen del puritanismo.
Sólo hay un grado más elevado de infamia. Mirar hacia otro lado,
olvidando a los que una vez se conmovieron con tus lágrimas. Ni siquiera
merecen tu desprecio. Sólo merecen unos azotitos en el culo. No te
preocupes. La vida ya se los propinará y tal vez les gustará.
Fuente: http://rafaelnarbona.es/?p=625#more-625
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