Gozar imaginándose siendo atada/o, humillada/o, latigando y/o similares no tiene nada de aberrante. Nuestra imaginación es libre… y por cruel o extrañas que sean nuestras fantasías son solo eso.
Si deseas iniciarte en algún juego alternativo o, simplemente, romper la rutina, aquí van tres ideas muy básicas -no deberían asustar a nadie- y una recomendación para empezar:
1. Privación sensorial. No ver y/o no oír aumenta las sensaciones corporales. Haz la prueba: cierra los ojos y acaríciate, después haz lo mismo, mirando. Nada que ver. Por lo tanto, para empezar, ¿por qué no probar con una venda en los ojos? Un juego: el amo acaricia al sumiso –puede además contarle una fantasía- y le hace sufrir tanto como desee, porque decide cuando le permitirá llegar. Extra: auriculares y música sensual… o silencio.
3. Azotes. Si queréis probar, empezar con la mano y centraros en las nalgas. Solo nalgas… Para dar hay que saber dónde: por ejemplo, en la parte baja de la espalda es muy peligroso, o sea que ¡nada de experimentar a lo loco! Tiempo tendréis para perfeccionar vuestras aptitudes. Más cosas: ¡calentar! ¿Qué quiere decir esto? Acariciar la zona un buen rato (hay quien se recrea en ello una hora antes de dar una nalgada) para relajar a la pareja y, sólo entonces, castigar ¡y hacerlo flojito! El objetivo es que quien recibe se relaje, que la sangre vaya concentrándose en la zona (las caricias previas pueden volverla rosácea) y, con ello, aumente su excitación. En definitiva, la idea es ir de menos a más. El placer no necesariamente está en la fuerza, sino en ese juego, que se puede acompañar, por ejemplo, de caricias genitales.





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