miércoles, 19 de febrero de 2014

DALE UN TOQUE SADO A TU VIDA SEXUAL

Sobre el BDSM se han dicho muchas tonterías y es necesario aclarar dos inaceptables: No es una enfermdad y el gusto por atar, azotar y castigar no tiene nada que ver con traumas de la  infancia. Quienes practicamos BDSM* no  sufrimos de alguna patología o arrastramos un pasado de abusos. Es más, entre sus seguidores hay tantos pervertidos como entre quienes practican sexo convencional. No por ser vainilla* se es un santo.
Gozar imaginándose siendo atada/o, humillada/o, latigando y/o similares no tiene nada de aberrante. Nuestra imaginación es libre… y por cruel o extrañas que sean nuestras fantasías son solo eso. 

Si deseas iniciarte en algún juego alternativo o, simplemente, romper la rutina, aquí van tres ideas muy básicas -no deberían asustar a nadie- y una recomendación para empezar:

1. Privación sensorial. No ver y/o no oír aumenta las sensaciones corporales. Haz la prueba: cierra los ojos y acaríciate, después haz lo mismo, mirando. Nada que ver. Por lo tanto, para empezar, ¿por qué no probar con una venda en los ojos? Un juego: el amo acaricia al sumiso –puede además contarle una fantasía- y le hace sufrir tanto como desee, porque decide cuando le permitirá llegar. Extra: auriculares y música sensual… o silencio.

  
 
2. Inmovilización. Quien ata (de entrada, valdrán unos fulars o medias, ya complicaréis las cosas más adelante) debe comprobar que no aprieten en exceso (¡pregunta!). No hace falta causar dolor (salvo que eso quiera el sumiso) y no deben cortar la circulación sanguínea (prohibido el cuello). De hecho, para novatos, bastara que generen la sensación de no poder desasirse. Indispensable, siempre tener unas tijeras (sin puntas peligrosas, mejor las de tipo escolar) a mano por si el atado se agobia (o le da un ataque de pánico), algo le hace daño, pierde la conciencia (¿por qué crees que he escrito lo de no apretar en exceso?)…

 
 

3. Azotes. Si queréis probar, empezar con la mano y centraros en las nalgas. Solo nalgas… Para dar hay que saber dónde: por ejemplo, en la parte baja de la espalda es muy peligroso, o sea que ¡nada de experimentar a lo loco! Tiempo tendréis para perfeccionar vuestras aptitudes. Más cosas: ¡calentar! ¿Qué quiere decir esto? Acariciar la zona un buen rato (hay quien se recrea en ello una hora antes de dar una nalgada) para relajar a la pareja y, sólo entonces, castigar ¡y hacerlo flojito! El objetivo es que quien recibe se relaje, que la sangre vaya concentrándose en la zona (las caricias previas pueden volverla rosácea) y, con ello, aumente su excitación. En definitiva, la idea es ir de menos a más. El placer no necesariamente está en la fuerza, sino en ese juego, que se puede acompañar, por ejemplo, de caricias genitales.
 

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